La propiedad que posee el suelo como filtro y amortiguador de retener sustancias mecánicamente o fijarlas por adsorción, contribuye de manera decisiva a proteger las aguas subterráneas y superficiales contra la penetración de agentes nocivos, evitando la transmisión de dichos agentes al ciclo de alimentación: plantas, animales y seres humanos.
Además de ello, el suelo consigue transformar determinados compuestos orgánicos, descomponiéndolos o modificando su estructura, consiguiendo así la mineralización de numerosas sustancias. La capacidad del suelo para compensar influencias de agentes químicos es, no obstante, limitada; su alteración conduce a la reducción o al colapso de importantes funciones naturales del suelo. La sobrecarga de su capacidad de acumulación convierte al suelo en un foco emisor de sustancias químicas y contaminantes que lixiviarán afectando a las aguas.
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